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Nuestro lado más oscuro

Nuestro lado más oscuro

Alzar la voz y gritar es unos de los errores más frecuentes que cometemos los padres en la educación de nuestros peques. Y sino, que tire la primera piedra quien no haya gritado nunca a sus hijos.

Seguro que más de uno ha perdido los nervios cuando después de repetir 200 veces que recojan su cuarto, el cuarto sigue tal cual. O cuando, por fin, llegáis a casa y nuestro hijo os dice que mañana debe llevar al cole una cartulina y acabáis de pasar por delante de dos papelerías.
Pues sí, a todos nos gustaría decir que nunca gritamos y que no castigamos jamás…. pero no es cierto. ¡A veces, sale a relucir nuestro lado más oscuro!

Gritar como si no hubiera un mañana

Ilustración: LaziesVisa

No deja de ser curioso porque nunca gritaríamos a un extraño que no nos importa nada (más allá de la cortesía necesaria), y sin embargo, gritamos y nos enfadamos con los niños que son lo más preciado que tenemos.
Hay un claro culpable: las emociones y más concretamente la relación emocional con nuestros hijos. Porque cuanta más implicación emocional hay en una relación, mayores son nuestras reacciones emocionales.
Lo malo es que los gritos son un recurso fácil y rápido para llamar la atención del niño pequeño que nos pasará factura a largo plazo. Los gritos dañan la autoestima de nuestros hijos y de paso la nuestra. Además, cuando el niño se hace mayor aprende a relacionarse con nosotros y con los demás a gritos porque es lo que a aprendido en casa: “Si no haces lo que te mando, grito”.
La relación que se establece con los niños no es de diálogo y de confianza sino que puede llegar a caer en el autoritarismo puro y duro.

Aquí os dejamos algunas recomendaciones básicas:
– Evita hacer un recordatorio de todos los fallos anteriores:
“Siempre haces lo mismo”, “Nunca recoges”……
Son frases excesivamente generales. Hay que centrarse en la situación que estamos viviendo en ese preciso instante: “Hoy no has hecho los deberes”

Aprender a escuchar

Ilustración: Talentina

– Ponte en la piel del niño: Los niños viven “el aquí y el ahora”. No ven la vida desde nuestra perspectiva. Sus tiempos son más pausados y su sentido de la responsabilidad todavía está a años luz del nuestro.
A un niño no le gusta recoger, le gusta sacar todas sus pinturas, tijeras, celos decorados, brillantina y hacer un bonito dibujo. No le gusta hacer deberes, le gusta jugar a piratas, al fútbol o a las muñecas. Y le da igual dormir en una cama que no esté perfectamente hecha.

– Intenta entender sus razones porque es la única manera de encontrar una solución: “No he hecho los deberes porque no los entiendo, ¿puedes ayudarme?”.

– Dale tus razones.
“Es importante que te laves los dientes porque sino tendrás caries”. “Me gustaría que me ayudarás a recoger porque estoy cansada”.
A veces, no entienden el porqué de nuestras peticiones, las perciben como órdenes pero si les hacemos participes de nuestros sentimientos o de una razón de peso, puede que lleguen a entenderlo.

– Establece reglas y límites, por escrito si es necesario: lavarse los dientes, recoger cuando termina de jugar, poner la mesa……
En ocasiones, los niños no tienen claro cuáles son sus obligaciones o se les olvida (Recuerda: son niños).
Son reglas que deben cumplirse siempre, como una rutina. No un día si y otro no según nuestro estado de ánimo o levantarles el castigo por pena. ¡Los niños son muy listos!

– Utilizar las palabras mágicas “Por favor” y “gracias”, nunca está de más.

Probablemente tropezaremos con esta piedra en más de una ocasión. No sirve de nada, sentirse culpable. Siempre se aprende algo de los errores si somos conscientes de ellos.
Y si es necesario reconocer ante ellos que la situación se nos ha ido de las manos hay que hablarlo con los pequeños. Porque de este modo, aprenderán que si nos equivocamos, debemos rectificar y… ¡no pasa nada!

 

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